MIRAR POR LA VENTANA ES COMO SER DIOS

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Imagen: "Morning Sun" Edward Hopper

Ahí fuera todo pasa rápido. Los saludos, las despedidas, los paseos de los dueños a sus perros o de los perros a sus dueños. Creo saber por qué tanta prisa. Porque lo importante pasa dentro.

Los coches no se detienen excepto ante el rojo del semáforo. Y algunas miradas se cruzan durante segundos. Pero tan sólo un instante. Parece que mantener la mirada a un desconocido revelará el secreto que guardamos. La mayoría, asustadizos y escurridizos, se van esquivando por la calle sin rozar sus cuerpos. Unos hablan por teléfono, otros hablan consigo mismos. Pero todos hablan.

La mayoría no llega tarde a ningún sitio. Parece la calle del miedo. Como si las baldosas se fueran destruyendo a cada paso. Como si detrás de cada uno caminara su propio fantasma. Y mientras todo pasa rápido ahí fuera, todo pasa lento aquí dentro. La mirada perdida es el síntoma de preferir, durante unos minutos, quedarnos dentro. Todo pasa rápido en la calle porque corremos a refugiarnos. Refugiarnos de nosotros mismos, de la prisa que nos come el tiempo, que no es otra cosa que la vida. Refugiarnos de las nuevas arrugas, del humo, del final...

Mirar por la ventana cómo pasan los días es como ser Dios. Sin intervenir en las vidas puedes ver cómo tropiezan, cómo se besan, cómo discuten, cómo envejecen... Pero el que mira debe saber que no es Dios. Y que tarde o temprano tendrá que bajar. Abrir la puerta. Salir. Caminar. Esquivar a los transeúntes. Cruzar la calle. Mirar hacia adelante... o hacia adentro.






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