ESPONJA SECA EN UN CHARCO DE BARRO

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De la inocente niña callada de antes, sólo queda lo de callada. Porque ya no soy inocente, ni niña. Me parezco a una esponja seca en un charco de barro. Que se empapa y se ensucia perdiendo su color original, brillante y bonito. Y si me miras ahora, no soy, ni por asomo, parecida a lo que era antes. Soy consciente de mi cambio. Soy consciente de que engaño, sin quererlo, a todo el que me conoce y me conoció. Porque esto que hay aquí es como una camisa pasada, desgarrada por el tiempo, descolorida y áspera.

He leído libros en los que se explican las leyes del karma, lo esencial de la vida. Pero yo no soy capaz de seguir instrucciones. Al menos en esto. Es inevitable querer, amar, confiar... es inevitable el golpe. Me pregunto a dónde habrá ido la serenidad que antes decían que irradiaba. Esta bombilla parpadea. Es un aviso. Está a punto de apagarse.

De la niña callada de antes sólo queda lo de callada. Y queda porque tengo respeto hacia todo lo que vive en este mundo. Sin embargo, soy como una huraña que vive en su cueva medio abierta medio cerrada. Como el perro desconfiado que necesita oler primero los dedos de quien quiere acariciarle.

No sé. Creo que soy otra persona. El producto de una vida intensa. El resultado de la  mezcla de otras dos vidas intensas. No me arrepiento de tener esta arruga en la frente en memoria de todo el daño y en memoria de todas las dudas. Qué crudos se hacen los obstáculos con los que chocas, que te modelan por dentro hasta el final.

De la inocente niña callada de antes, sólo queda una gótica, tremendista, complicada, a veces pesimista, a veces eufórica, mal pensada y desconfiada, egocéntrica pero educada, respetuosa y callada mujer con una arruga en la frente.



Gema Cuéllar.


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